REFLEXIÓN · MAYO 2025
Sangiovese y Mindfulness:
El Arte de Beber con Presencia
Por Roberto Cipresso · 14 de mayo de 2025 · 7 min de lectura
La mayoría de la gente bebe vino. Muy pocos lo prueban. La diferencia no está en la copa ni en la botella. Está en la calidad de la atención que se lleva al momento.
Llevo treinta años intentando hacer vinos que merezcan atención. Que cuando alguien los sirve, algo en el aroma, en el color, en la primera sensación en boca lo obligue a dejar el teléfono, a interrumpir la conversación por un instante, a estar completamente presente.
No es un objetivo estético. Es, en cierta manera, un objetivo filosófico.
El vino como práctica de atención
En los monasterios benedictinos de la Toscana medieval, el vino no era simplemente bebida. Era parte de un ritual de atención consciente. Los monjes que elaboraban el vino en Montecassino, en Monte Oliveto, en la abbazia di Sant'Antimo —que está a veinte minutos de Oria— lo hacían con una deliberación que hoy llamaríamos meditativa.
Cada decisión en el viñedo era también una práctica de presencia: observar la vid sin prisa, leer los racimos como textos, entender cuándo la naturaleza estaba lista y cuándo todavía necesitaba tiempo. El vino monástico italiano no era el mejor del mundo por casualidad. Era el mejor porque lo hacía gente que había entrenado su capacidad de atención como la habilidad más importante.
Eso es exactamente lo que hoy llamamos mindfulness. Aunque suene más antiguo cuando lo decimos en latín: atentio.
Por qué el Sangiovese exige más presencia que otras uvas
Hay vinos que se revelan inmediatamente. Un Malbec joven, bien hecho, te entrega su carácter en los primeros diez segundos: fruta oscura, cuerpo, taninos suaves. Es un vino generoso, comunicativo, fácil de amar.
El Sangiovese del Val d'Orcia no funciona así. Es introvertido, al menos al principio. Los primeros momentos en copa —si la copa acaba de abrirse— son de cierre, de tensión, de una acidez que puede parecer severa si uno no la entiende como la columna vertebral de lo que viene.
Lo que el Sangiovese exige es paciencia y atención. Esperar. Volver a oler después de cinco minutos. Probar de nuevo después de diez. Observar cómo el vino cambia conforme la temperatura sube un grado, conforme el contacto con el aire lo abre, conforme los aromas secundarios —el tabaco, la cuero, las especias, la tierra húmeda— empiezan a asomarse debajo de la fruta.
Un Sangiovese bien hecho es una conversación que dura una hora. Si uno no tiene esa hora para darle, el vino nunca llega a decir todo lo que tiene.
El ejercicio de los cinco sentidos
En las catas que hago con los socios de Oria en la finca, propongo siempre el mismo ejercicio antes de empezar. No tiene nada de original —los grandes maestros del vino lo hacen hace décadas. Pero funciona.
Antes de servir el vino, pido que dejen los teléfonos en la mesa bocabajo. Luego pido silencio durante treinta segundos —solo treinta— mientras cada uno observa la copa que tienen delante: el color, la transparencia, cómo se comporta el vino cuando se inclina la copa. Solo visual, todavía sin oler.
Luego un giro lento de la copa y la nariz durante veinte segundos. Solo oler. No decir nada. No buscar palabras todavía. Solo recibir lo que llega.
El primer sorbo: pequeño, que recorra toda la boca antes de tragar. Y luego silencio durante un minuto completo. Solo con la sensación que queda.
Lo que pasa en esa sala durante ese minuto es algo que no ocurre casi nunca en la vida cotidiana: un grupo de adultos completamente presentes, sin pensar en el siguiente correo, sin planear la próxima frase. Solo allí, con el vino.
Eso es beber con presencia.
La paradoja del vino caro
Hay una paradoja en el mundo del vino premium que me ha costado entender: cuanto más caro es el vino, menos atención recibe. En una cena de negocios con una botella espectacular, el vino suele ser fondo de conversación. Se sirve, se agradece, se comenta dos frases, y se olvida. Es un símbolo de estatus, no una experiencia.
El vino más significativo que he tomado en mi vida fue un Brunello del año 1988 que abrí solo, en un apartamento vacío de Siena, durante un invierno. No tenía nada más que hacer. Tenía todo el tiempo del mundo. Ese vino me habló durante dos horas.
La presencia no se compra con el precio de la botella. Se elige.
"El vino no se bebe con la boca. Se bebe con toda la atención de la que uno es capaz. El resto es solo hidratación." — Roberto Cipresso
La próxima vez que abras una botella de Sangiovese del Val d'Orcia —de Oria o de cualquier productor serio— dale una hora. Ponlo en copa grande, espera, vuelve a él. Deja que te cuente lo que el galestro, el sol de agosto y años de cuidado pusieron en esas uvas. Es una conversación que merece toda tu atención.
Cata con Roberto Cipresso en el Val d'Orcia
Los socios Quadro tienen acceso a degustaciones privadas guiadas por Roberto en la finca.
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